Creo que no solo te destierran de un país, te destierran de una relación y hasta de tu propia familia, así se siente Anacleta; decepcionada, triste, melancólica, afligida. Miradas, gestos y gritos inyectaron en ella el “destierro”, palabra fuerte para mi gusto pero es así como se siente, mientras seca sus lágrimas me cuenta que lo más decepcionante es que las cosas no se dieron de un momento a otro, fueron años de engaño, de promesas sin cumplir, de ilusiones asesinadas por el vicio, insultos, la inocencia se muere y le es difícil creer que las cosas mejoraran, ella se encuentra lejos y dice así mantenerse por un tiempo.
Recuerda una de sus decisiones a la edad de siete
años, sabe y es consciente que las cosas
que deseas sean buenas o malas nunca se olvidan aunque parezca que sí.
Sus ojos apagados hinchandos de
tanto llanto, culpables de un brillo inexistente ya inerte, cree las cosas no volverán
a ser como antes, solloza mientras intenta articular la frase “me duele”… solo
espera olvidar aquello de esa noche interminable en el que se resumieron
aquellos años indiferentes, sea solo una pesadilla del momento, una mal acontecimiento.
No hay fuerzas, no hay ganas, desea
mucho que en su vida pueda aplicar el ctrl+Z, así deshacer aquello que ya
inicio dañado, “me duele” repite y es tanto el dolor que puedo sentirlo solo con mirarla.
Anacleta, nombre escogido para protección
de su identidad no entiende por qué a horas de su viaje es desterrada, se siente
frágil, no olvida aquellas palabras de su madre, las únicas que la mantiene aún con vida, una sonrisa florece
en su rostro y mirándome me dice, nada está
perdido, al menos seguimos vivos aunque
no completos.
Mi autobús ya llegó, debo dejarte
quizá mi destierro es solo interno no envenenare mi alma…pero necesito tiempo
para superar aquel acontecimiento.
Yo, te entiendo.

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